Palabras del Presidente

Es imperioso, testificar con la Palabra de Dios acerca del derecho de Dios sobre su creación, sobre la vida humana en especial, y de todos los valores que Él mismo ha establecido.

Al momento de escribir estas líneas todavía tengo  en mi memoria las palabras de algunos de los diputados y diputadas, hablando a favor de la legalización del aborto y de la despenalización de su práctica. Los argumentos no resisten a ningún análisis, y las descalificaciones y agravios hacia los que  tienen  otra postura fueron realmente vergonzosos, no dignos de las investiduras que invocan tener, tanto ellos como los que desde la plaza del congreso mancillaron el hermoso color verde, con  gritos, gestos y actitudes indignas de seres humanos civilizados. Creo que el color negro les hubiera ido mejor. 

No quiero en este breve escrito, volver con argumentos, contra argumentos y comentarios sobre el tema. Creo que nos han hartado a todos con las palabrerías que hubo que soportar en nombre de la democracia. Solamente quiero manifestar mi profunda tristeza y preocupación, como persona mayor, y cristiano activo de toda la vida, por el rumbo que se le está imprimiendo a las nuevas generaciones, llevándolas en nombre de la falsa libertad, a socavar sus propios cimientos, y empujándolas al abismo del auto exterminio.

Es una pena que para aparentar ser “populares”,  algunos pocos, que de todos modos formaron una ajustada mayoría en la cámara, hayan defraudado a muchos millones de argentinos que en confianza los votaron. Porque si bien hay varios centenares de miles en el país que los apoyan organizadamente y a los gritos, por el otro lado hay muchos  millones a lo largo y ancho del país, que por diversas razones, entre ellas, la defensa de la vida y de los derechos humanos, en especial de los  más vulnerables e indefensos, estamos en contra de tales medidas.

 La militancia activa y combatiente contra del sistema, en el que se incluye a la familia, a la iglesia y el estado,  por  parte de un feroz e interesado grupo anti sistema,  nutridos por ideologías inconsistentes, está firmemente en acción para corromper y destruir el orden, ciertamente imperfecto, y reemplazarlo por el anti orden, presagio del auto exterminio.

En este estado de cosas, no tiene sentido discutir ni argumentar con la Sagrada Escritura con los que abiertamente la desprecian, y con ella a Dios mismo, y al hombre por rebote. Pero si tiene sentido, y es imperioso, testificar con la Palabra de Dios acerca del derecho de Dios sobre su creación, sobre la vida humana en especial, y de todos los valores que Él mismo ha establecido. Probablemente seremos ridiculizados por los que, pretendiendo ser sabios se hacen  necios para su propia destrucción. Pero ese es el precio de nuestro llamado como cristianos. La sal de la tierra no se debe desvanecer. Ni la luz del mundo se debe apagar. Y aquí está nuestra responsabilidad.

Carlos Nagel – Presidente de la Iglesia Evangélica Luterana Argentina