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CREEMOS Y ENSEÑAMOS

La IELA realizó su asamblea número 84, en los primeros días de abril, en la ciudad de Crespo. Con buena representación de sus afiliados, se desarrolló un nutrido programa de actividades. Entre devocionales, presentaciones, informes e intercambio de ideas, se pintó un panorama bastante completo del estado, de la vida y del trabajo de la iglesia evangélica luterana argentina.

Un nuevo lema quiere orientar nuestro trabajo en conjunto para el bienio 2016-2017, a saber: “Creemos, enseñamos y confesamos”, en el marco del recuerdo de los quinientos años de la Reforma.

Somos una iglesia que tiene un tesoro de fe, un depósito dorado de contenidos que han sido revelados por Dios y comunicados por medio de las Sagradas Escrituras al mundo. En pocas palabras, estos contenidos se resumen en los tres artículos del Credo Apostólico que todos sabemos de memoria.

En estos días hay mucha gente que ya no cree estos contenidos fundamentales de la obra de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ha reemplazado estas enseñanzas bíblicas por otras creencias, las cuales no

Provienen de Dios. Encontramos muchos escépticos, agnósticos y ateos. En ciertos ambientes son mayoría, y hasta queda mal no ser como ellos. Ser creyente es ser considerado una persona débil, que no ha evolucionado lo suficiente para ser libre y confiada en sus propias posibilidades y recursos. El principio en ese ambiente es: “cuanto más cree, tanto más necesita de su dios”. O al revés.

La religión es tolerada, y en efecto, practicada como algo bueno y saludable, y una expresión de la natural espiritualidad humana. Al mismo tiempo las doctrinas religiosas , en especial, las bíblicas son rechazadas e ignoradas, y no hay ningún interés en hablar o debatir sobre dogmas. Esto hace que, aún dentro del cristianismo haya mucho credo recitado, o al menos tolerado, pero poca doctrina creída con sinceridad.

Las cosas han cambiado mucho. Siglos atrás las doctrinas y las creencias de la gente se veían como eternas e inmutables. Creer algo, o discrepar, podía ser la diferencia entre la paz y la guerra, o entre la vida y la muerte. Hoy día, en dos horas, las redes sociales pueden cambiar la opinión de las masas, o poner en duda lo convencionalmente aceptado, y hacerlo a nivel global. Y al día siguiente puede volver a variar. O hasta puede suceder que a muy pocos les importe lo que se pone, quita o modifica como doctrina de fe. En una realidad en la que todo cambia con tanta velocidad, no es sencillo sostener que “creemos” los contenidos de una fe histórica milenaria. Y aún más difícil resultará lograr que los mismos sean creídos, y luego mantenidos a través del tiempo. Quizá esto explique en parte por qué la mayoría de las personas en las iglesias sean adultos mayores, que traen una estructura heredada, y están mayormente fuera de las influencias a las que están sometidas las generaciones mas jóvenes, como la de los confirmandos, a los que un sistema de doctrinas impartidas en la catequesis no logra retener, salvo en un pequeño porcentaje.

Ante este panorama que está en acelerado proceso, y del que desconocemos a dónde puede conducir, ¿qué haremos como cristianos que forman una iglesia que ha heredado a través de la Reforma del siglo xvl un cúmulo de enseñanzas dadas por Cristo a su iglesia?

Lo que no haremos será desmayar y darnos por vencidos en medio de tantos cambios. Antes bien agradeceremos a Dios por habernos dado la capacidad de creer estos contenidos preciosos y por haberlos preservado a pesar de todo. Agradeceremos a Dios por este don de poder tener fe, y poder decir “creemos”. Porque no lo hemos producido nosotros por nuestra razón o poder. Lo segundo que haremos es ponernos en las manos de Dios con mucha humildad, confiando plenamente en que Él cumplirá también ahora su promesa: “No temas, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino”, y en relación a su iglesia, Jesús prometió que “las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. Esto conllevará que en nuestras celebraciones del quinto centenario no lo haremos movidos por un espíritu triunfalista ni de superioridad, ni de intento de atraer la atención sobre nosotros, como si fuéramos el centro del mundo, sino solamente dando a conocer con sinceridad lo que “creemos” por la gracia de Dios.

Y por último, nos ocuparemos con temor y temblor de nuestra salvación, compartiéndola por medio de la enseñanza y de una manera piadosa de vivir hasta donde nos sea posible hacerlo, para poder, al menos, salvar a algunos que viven sin esperanza y sin rumbo.