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DOLORES DE CUERPO

El cuerpo que tenemos, y que hemos heredado de nuestros padres, es nuestra casa mientras vivimos. Es mas bien, una tienda de campaña, una carpa, frágil y de poca duración, que se mueve de acá para allá, hasta que se desarma, para desaparecer.
El apóstol Pablo, en 2. Corintios 5: 1 lo denomina “este tabernáculo”. Dentro de él habitamos durante nuestra corta vida terrenal, llena de aflicciones, enfermedades, sufrimientos, dolores, tristezas, y también, algunas alegrías. Cuando este tabernáculo se deshiciere, por causa de la muerte, nos vamos a vivir a otra casa, no hecha de manos, y que es eterna, en los cielos. O sea, nos tenemos que mudar, pero a una vivienda mejor, que no tiene las características de fragilidad como la que tenemos ahora. Es de destacar que en el versículo dos del texto mencionado, el apóstol resume la esperanza de todo creyente, al decir: “por eso también suspiramos y anhelamos ser revestidos de nuestra casa celestial”.
Dios nos dio un cuerpo para vivir, desarrollarnos y glorificarlo a Él. A Adán y a su mujer les dio cuerpos perfectos. Pero la desobediencia y el pecado los arruinaron, haciendo de ellos lo que son los nuestros ahora, una vivienda tantas veces poco confortable, y que tiene fecha de vencimiento cercana, para transformarse en polvo y ceniza.
La ciencia médica ha avanzado mucho para ayudar a vivir mejor dentro de nuestra casa terrenal, y en muchos casos, algún tiempito más. Hoy tenemos calmantes para los dolores, anestesias, antibióticos, vacunas, cirugías, implantes y trasplantes, remedios contra la depresión, y para dormir mejor, y mil recursos más. Conocemos más sobre una buena alimentación saludable, sobre los efectos nocivos del tabaco, el alcohol, el stress y el sedentarismo. Y también sobre tratamientos sicológicos y terapias diversas. Con todo, son solamente paliativos temporarios que sin duda ayudan a vivir mejor, pero que lamentablemente en muchos casos, se transforman en grandes negocios, que se aprovechan los dolores ajenos para explotarlos y enriquecerse. Muchos no tienen acceso a estos recursos costosos, por no tener dinero para pagarlos.
Aún con todos estos recursos, es frecuente escuchar a la gente quejarse por dolores diversos. Si no es la cabeza, es la cintura, o la columna, o las piernas. Cualquier parte puede doler, cuando hay algo que no está bien. Y cuando una parte sufre, el resto del cuerpo en su totalidad no se siente bien, porque todo está interconectado, y forma una unidad vital.
Algo similar ocurre también con la iglesia. Es muy interesante recordar que la Biblia compara a la iglesia y su funcionamiento, con el cuerpo humano, incluso con los dolores y sufrimientos que uno y otra padecen.
El apóstol Pablo escribe en 1 Co. 12:27: “Ahora bien, ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno de ustedes es un miembro con una función particular”. Y en la carta a los Romanos, 12:5: ”Así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, y cada miembro está unido a los demás”.
Así como nuestro cuerpo, por los efectos del pecado, sufre, y finalmente muere, así también la iglesia, como cuerpo de Cristo, formada por los creyentes, pero que continuamos simultáneamente siendo pecadores, producimos dolores en el cuerpo que afectan a todos los miembros, y esto hace que todos sufran.
Los dolores de cuerpo de la iglesia, y de algunas congregaciones en particular, en determinados momentos de su historia, son evidentes, también entre nosotros.
Es necesario que la ley severa de Dios caiga sobre nuestras soberbias, nuestros orgullos, nuestros envanecimientos y sobre todas las demás obras de la carne, las que, de no ser quebrantadas, enfermarán de dolor y de muerte al miembro que las padece, y harán sufrir al resto del cuerpo de Cristo.
Recién entonces el evangelio podrá ser bálsamo sanador, medicina celestial, capaz de curar las heridas, hacer de nuevo lo roto, vendar con perdón al corazón enfermo, y dotarlo con la capacidad de compartir perdón con los demás miembros del cuerpo.
Arrepentimiento, confesión y perdón son los escalones para pasar por la puerta de la buena salud de la comunidad cristiana.
Los dolores de cuerpo de la iglesia son una realidad, y estamos llamados a ser miembros sanadores en ella, así como Dios nos sana diariamente con su perdón en Cristo.
Que el cuerpo no sufra, sino antes bien, sea bendecido con nuestra participación.