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FE Y VIDA CRISTIANAS, DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA

Estamos en el mes de la Reforma, y esto nos trae a la memoria una serie de temas importantes que hacen a los principios de la fe cristiana y luterana.
Generalmente solemos reducir la fe a una serie de conceptos doctrinales. Y esto tiene gran importancia, porque nos ayuda a clarificar el camino y a no confundirnos con creencias y opiniones erróneas que siempre abundan en todas partes y en todos los tiempos. Pero entendemos también que la fe es mucho más que conceptos que se pueden describir con frases y palabras, capaces de ser puesta s por escrito, transmitidas a otros, memorizadas, y aceptadas como verdades.
Lutero nos enseña a no separar lo conceptual de la fe de la vivencia práctica de la misma. En su Catecismo, en la explicación de cada uno de los mandamientos, deja bien en claro cuál ha de ser la conducta nuestra, como cristianos, en la vida cotidiana. La voluntad de Dios en cuanto a lo que no hemos de hacer, lo que sí debemos hacer, y cómo debemos ser.
En la explicación de Lutero de las peticiones del Padrenuestro, hemos aprendido por ejemplo que “santificar el nombre de Dios” es “que la palabra divina sea predicada en toda claridad y pureza, y que nosotros, como hijos de Dios vivamos de acuerdo a ella de una manera santa. Y que el que enseña y vive de manera diferente, profana entre nosotros el nombre de Dios”. Y el mismo binomio, doctrina pura y vida piadosa, aparecen constantemente en el catecismo y en muchos otros escritos y predicaciones de Lutero. Es que en las Sagradas Escrituras, en las enseñanzas de los profetas, en la predicación de nuestro Señor Jesucristo, y en los escritos de los apóstoles, se encuentran en estrecha unión. Es que la fe y la vida cristiana son las dos caras de una misma moneda.
Pero con cuánta frecuencia, en nuestra fragilidad de pecadores, producimos el divorcio entre ambas realidades. Pareciera que la fe y la vida se pueden separar y llevar por caminos diferentes, como si tuvieran poco o nada que ver la una con la otra.
¡Cuántos tropiezos y ofensas son causados en la iglesia cuando se rompe el equilibrio entre la fe y la vida! Cuanta desilusión ocasiona el observar que personas que se confiesan cristianas en su fe, llevan una vida que choca contra lo que declaran con la boca. Lo que hay en el corazón lo ve solamente Dios. Lo que se manifiesta en la conducta y con las acciones, lo ve toda la gente, y hasta cierto punto certifica o desacredita lo primero.
En la carta a los Gálatas, en el capítulo 5, a partir del versículo 16, se nos enseña a buscar la armonía entre nuestra fe y nuestra vida, con palabras inequívocas. Somos cristianos por la obra del Espíritu Santo, pero al mismo tiempo también conservamos nuestra vieja naturaleza pecaminosa. Y estas dos realidades conviven en nosotros y están en constante lucha por la supremacía. Cuando prevalece el viejo Adán, entonces aparecen “las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, celos, pleitos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas. ¿A dónde lleva todo esto? El apóstol contesta: “los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Vers. 21)
Por el otro lado, cuando prevalece el nuevo Adán, creado por el Espíritu Santo, se muestran frutos diferentes. Dice el texto: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, , fe, mansedumbre, templanza. Contra tales cosas no hay ley, pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.” Y el gran resumen final es: “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (Vers- 24).
Nuestra carne produce obras. De muchas de ellas tenemos que arrepentirnos y confesarlas con sinceridad. Dios quiere y puede perdonarnos, y darnos fuerzas para no sembrar para la carne.
El Espíritu produce frutos. Con ellos glorificamos a Dios y servimos al prójimo. Dejemos que Dios nos alimente con frecuencia con su Palabra y el Sacramento, de tal modo que nuestra vida siembre para el Espíritu, y que del Espíritu cosechemos vida eterna. (Gálatas 6:7)