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EL EVANGELIO, PODER DE DIOS, (Ro, 1: 16-17)

A lo largo de la historia milenaria de la iglesia cristiana, hay cuestiones que resurgen una y otra vez, y frecuentemente son motivos de discusiones.
Uno de estos asuntos es el siguiente: Por un lado está la gente que escucha con humildad la palabra y la voz de Dios, creen, se alegran y celebran todo lo que Dios les promete y hace por ellos. Aceptan y tienen consuelo.
Por el otro lado están los que creen que son los dueños de casa en lo religioso, por historia, tradición o etnia, razones por las que consideran tener mayores derechos para poder decirle a Dios, y Él debiera escucharlos y acomodarse a sus esquemas . Algunos ejemplos:
En la parábola del fariseo y el publicano. vemos al primero hablándole a Dios para que el Señor tome nota de las bondades que tenía para ofrecer. Y vemos al segundo, humillado y sumiso hasta el polvo, buscando piedad y misericordia.
En tiempos del apóstol Pablo, en la congregación de Roma, vemos a
los judíos creyéndose con mayores derechos que los no judíos, y rechazando la gracia salvadora de Dios. La carta a los Romanos tiene este gran tema: Todos han pecado…..todos son justificados por gracia, por medio de la fe en Cristo. No hay diferencias, ni privilegios para nadie.
En tiempos de Lutero, los “dueños de casa” vieron a la Gracia Sola de Dios como una amenaza al sistema eclesiástico, porque las obras de la ley, y las de las leyes de los hombres, eran para ellos, el camino al cielo, y a los privilegios terrenales.
¿Qué sucede hoy? El problema está siempre al acecho. Los que nos consideramos dueños de casa, pertenecientes a una iglesia histórica, con sana doctrina, organización institucional, propiedades, equipos, personas preparadas , etc. ¿De qué lado estamos? ¿Cuáles son nuestros objetivos?
¿ Por qué nos esforzamos? ¿Por extender nuestra casa? ¿O extender el Reino de Cristo? Esta es la cuestión.
Dios tiene gran interés en extender su Reino. Y solamente Él puede hacerlo en realidad. Los hombres solemos preocuparnos más por extender nuestra casa creyendo que se agranda el Reino. Y ambas cosas no siempre son lo mismo.
¿Cómo extiende Dios su Reino?
Lo hace por medio del Evangelio, que es “ poder de Dios para salvación a todo aquel que cree, al judío primeramente, pero también al que no lo es. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: “Mas el justo por la fe vivirá” (Ro. 1: 16 y 17)

Este Evangelio revela la justicia de Dios, que aquí no es otra cosa que la buena noticia de que Dios nos declara justos y perdonados de todos nuestros pecados por los méritos de Cristo.-Todos la necesitamos. No hay otra alternativa, ni para los de la casa ni para todos los demás que aún están fuera de ella.
Esta justificación ocurre, de principio a fin, por medio de la fe. No por méritos ni por obras humanas. Y llega a los hombres por medio del Evangelio. Por esta razón el Evangelio tiene que llegar a las personas, por medio de otras personas que no se avergüenzan de él, o no llegarán a la fe que los justifique delante de Dios.
El apóstol nos dice que el Evangelio ES PODER de Dios para salvación. ¿Qué es esto?
No se trata de un explosión, un terremoto espiritual, un movimiento social de tipo religioso masivo.. Nunca lo fue. No se puede esperar resultados matemáticamente calculables. Ni siquiera los resultados son siempre proporcionales al esfuerzo de sembrarlo. No entender bien esto puede llevar a frustraciones. O hasta a sospechas de que el Evangelio ya no tiene poder, o el que se predica por nuestra iglesia ya no tiene poder. O que otros sí lo tienen con poder, por sus aparentes logros.
El Evangelio, es poder de Dios, pero para salvación, y para todo aquel que cree. No manifiesta poder alguno para el que lo rechaza. Es una cuestión personal, individual, que ocurre en el corazón, y no siempre es visible. Es poder capaz de llevar a la fe al incrédulo. Poder que comienza dando fe y sus frutos, al que antes no la tenía.
El poder salvador del Evangelio se resume en esta promesa: “El justo por la fe vivirá”
La casa es sin dudas, importante, pero el Reino, construido por el poder del evangelio, es el objetivo prioritario y principal.
Los Romanos, las pequeña congregación de aquel entonces, recibió esta carta de San Pablo. El tiempo pasó, mucho tiempo, y allí se construyó una casa enorme. Una maravilla arquitectónica de contenido histórico de atracción mundial. El Vaticano. Muchos poderes ayudaron a edificarla. Desde la espada hasta el dinero de las indulgencias. Pero, ¿Cuánto ayudó el poder del evangelio?
En Wittenberg resurge el Evangelio, poder y justicia de Dios y se desparramó por el mundo, y millones fueron y son tocados por él para salvación. Allí no quedó mucho en cuanto a “casa”. Lo que hay son mas bien museos. Pero en todo el mundo hay testigos del evangelio que no se avergüenzan de él. Y muchos son alcanzados por su poder salvador.
Que siempre tengamos la visión del apóstol. El evangelio de poder para salvación que construye el Reino. Y eso lo podemos hacer porque tenemos todo para ello. La Palabra y los Sacramentos.
Lo que los hombres podamos construir, tiene fecha de vencimiento. Lo que Dios construye, es eterno. Dejemos a un lado la vergüenza que nos frena, y como instrumentos útiles de Dios, dediquémonos a proclamarlo y a ser testigos que comparten lo que recibieron.

Rev. Carlos Nagel