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EL ESPIRITU SANTO, EL GRAN MOTOR

Cincuenta días después de Pascua, Jesús cumplió la promesa dada a los suyos, antes de su ascensión a los cielos, de enviarles el Espíritu Santo, y de esa manera, llenarlos con el poder de lo alto, y capacitarlos para que fueran sus testigos en todas partes del mundo. El capítulo dos del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece un relato detallado de este acontecimiento. Y los capítulos siguientes  nos informan acerca de las consecuencias, y de los resultados que produjo  esta intervención maravillosa de Dios. La iglesia había sido puestas en marcha. A partir de ese momento afrontaría múltiples  problemas en su camino, internos y externos, pero nunca se detendría, porque su motor había sido  definitivamente encendido.

Este año el domingo 4 de junio será el día en que la cristiandad recordará aquel primer pentecostés.  Muchos lo consideran el cumpleaños de la iglesia, ya que refiere a su nacimiento espectacular allá en Jerusalén, aunque ciertamente la iglesia existió desde que el primer  pecador creyó la palabra de la promesa de redención dada por Dios allá en el Edén.

Cuando el pecado hubo irrumpido con sus desastrosas consecuencias de muerte y perdición, por la  rotura de relaciones entre Dios y sus criaturas, y entre ellas entre sí, Dios en su gracia infinita anunció un nuevo camino, una nueva posibilidad de restauración por medio de la simiente de la mujer, que no es otra que el mismo Cristo, quien a su debido tiempo se haría hombre, siendo Dios, y pondría su sangre inocente en propiciación por el pecado humano, y por medio de ella, el perdón y la reconciliación con Dios serían nuevamente posibles.

Aquella promesa dada por Dios sin muchos detalles, fue la palabra profética que engendró la fe en muchas generaciones de creyentes. El Espíritu Santo de Dios, actuando a partir y por medio de la misma  Palabra, construyó un pueblo con esperanza en las promesas del Señor, consolándolo por medio del perdón, y guiándolo  al cumplimiento de su plena vocación, la vida  gloriosa y eterna en la nueva tierra y los nuevos cielos. 

Esa misma Palabra, las Sagradas Escrituras,  es la que el Espíritu Santo se valió  a lo largo de la historia, y la sigue empleando hoy, como vehículo para llegar a la gente, llevarla a la fe, y edificar la iglesia como pueblo de Dios.  Así ocurrió en Pentecostés.  A partir de la predicación de la Palabra, hecha por el apóstol Pedro.  una multitud fue llevada a la comunión con Dios por el Espíritu Santo, a través de la Palabra y  del bautismo.  Así este gran motor sigue en acción, Por  eso  muchos millones de cristianos, desde el primer siglo hasta ahora, al confesar su fe en  dl Dios Trino, y en las obras propias de cada persona de la Santa Trinidad, al referirse al Espíritu Santo, en el  tercer artículo del credo apostólico, decimos:  ”Creo en el Espíritu Santo, (autor de) la santa iglesia cristiana, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne, y la vida perdurable”.

En este año 2017 en que se  cumplen cinco siglos de la Reforma de la iglesia, viene bien recordar una frase de Martín Lutero, en referencia al gran motor, que no es otro que Dios mismo en acción: “Sin el Espíritu Santo, la iglesia no sobrevive una sola hora “.

En tiempos en que muchos “espíritus extraños”, desconectados de la Palabra inspirada por el Espíritu de Dios, engañan a no pocas almas incautas  con sus mentiras , productos de sus propias fantasías o paranoias. e intereses personales, y que no tienen reparos en producir peleas y divisiones en el pueblo de Dios, se hace imperioso atenerse a la Palabra, escudriñarla y retenerla con fidelidad. Así, y solamente así, el gran motor seguirá en marcha, porque Dios  mismo decidió hacerlo así, y no de otras maneras.